Vivo corriendo.
Corro sin parar
sobre fonolas, lomos de toro,
trigales de hormigón armado,
y jabonosos cilindros.
Indago en la paz del amanecer,
y el rocío
también trota
y trepa
y navega en nubes predestinadas.
Compruebo que en la calma de la noche
el aire corre y compite,
sin pausa,
con centauros inoxidables.
Me pregunto si existe la tregua
y percibo elementos centenarios
que corren a velocidades paralelas.
Me empeño en un afán de rebuscar
el descanso reparador
y tropiezo con la luz,
viajando a velocidad constante,
superando
galaxias imaginarias.
Comienzo a agotarme.
Alguna esperanza
me infunde el tren,
llegando a su destino,
pero la locomotora
no cesa de resoplar
y los carros permanecen despiertos.
Sigo trotando.
Troto cuando duermo.
Las apneas,
me inducen pesadillas
y arritmias malignas.
Tampoco se detienen
mis ondas peristálticas,
ni las ondas vasculares,
ni las sinapsis ocultas,
ni nada de lo que me hace ser
lo que soy.
¿Hasta cuándo?
Hasta que desmayes
me responden las olas eternas.
Hasta que te desprendas del hilo,
me advierte el volantín viajero.
Emerge el sol
y me basta con verlo ascender
sin perder su ruta,
para terminar aceptando
lo que era de esperar.
Debo integrarme a la Gran Parada.
El río no corre porque lo impulsan,
y la semilla no brota porque la apremian.
Aquéllos
provistos de energía
jamás descansan.
Acepto
que el árbol no deje de crecer,
ni siquiera al encorvarse,
y que el pasto siga su destino,
pasando por librillo y cuajo,
para reciclarse.
Debo cumplir con mi destino,
caminar por el borde costero,
firmar diariamente ante notario,
y dejar constancia en la arena.
Ahora
empieza a hostigarme
la quietud
de la roca empotrada.
Epílogo
Cuando recién transcurre
un tenue porcentaje,
quiero convertirme en juglar
y con zancos de flamencos ancestrales,
proclamar
al borde de un lago andino,
que la meta está más allá de la vista,
detrás de los cactus,
debajo del rocío vinoso,
encima del cobre,
y que debemos trotar
siempre,
sin congelar la imagen,
y mucho menos
pretender doblegar
la expansión del universo.
Viña del Mar, Diciembre del 2003
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sábado, 30 de mayo de 2020
lunes, 27 de abril de 2020
Cuando termine la cuarentena
Cuando termine la cuarentena
Saldremos al libre albedrío.
Caminaremos sin mascarillas,
Geles etílicos ni guantes plásticos.
Saludaremos a manos llenas
Con abrazos de noche buena,
Cantaremos a voz en cuello
Cuando termine la cuarentena.
Observaremos con otros ojos
Disfrutaremos a yegua suelta,
Dormiremos como lirones
Sin angustiarnos por lo que venga
Compartiremos al aire libre,
Una parrilla de carnes prietas,
Con vino tinto, pero del bueno,
Cuando termine la cuarentena
Ya no me aflijo estando
en casa
Ya no me apuro en lavar las manos,
Espero luego una vida plena
Cuando termine la cuarentena
sábado, 5 de agosto de 2006
Reposa en la inmensidad del océano
Fotografía: (cc) Luis Eduardo BastíasEl mes de Agosto suele ser de brisa fresca. Fresca y húmeda.
La lancha comienza a balancearse, al abandonar el lecho albergado por el molo de abrigo.
Los chalecos salvavidas protegen del frío.
El grupo comparte impresiones, hasta que llega el momento de la ceremonia.
El patrón de la lancha detiene el motor y la nave queda a merced del océano ondulante.
Se logra abrir el ánfora, herméticamente cerrada. El hijo se aproxima a la borda de la embarcación. Es firmemente aferrado desde su cintura.
En un silencio pesado y tenso, las cenizas son esparcidas en el agua, que las acoge como una madre.
El ánfora se hunde, cargada de mar, como un tributo.
- Hermano, reposa en la inmensidad del océano y descansa en la gloria eterna.
- Padre nuestro que estás en los Cielos…
La lancha se estremece con el reinicio de su motor, con esfuerzo contenido.
La nave comienza lentamente a navegar. Inicia un círculo sobre un ramo de rosas y una coronilla de flores, que flotan tomadas de las manos.
De la nave nace un ronco bramido, como los que se escuchan en las tardes de oscuras tormentas. Es la despedida del patrón de la lancha, del hombre de mar, del padre de familia, del marino solidario.
Comienza el regreso.
El retorno es en absoluto silencio. Sólo miradas de ojos húmedos y manos apretadas. Pareciese que el motor de La Artemisa y la brisa porteña comparten emociones.
A lo lejos, la Universidad Santa María señala un punto de referencia para el destino de las flores.
El mar de la costa de Valparaíso acogió, definitivamente, el regreso de uno de sus hijos bien amados.
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